Cuando escribí este libro, dejé que el narrador, es decir, el viejo, destapase su alma y dejase la impronta de sus recuerdo, alegrías y penas y, a la postre, traiciones, que son el quehacer humano de una larga vida. Y también la soledad y la incomprensión. Es un monólogo con su mujer, ligero y hondo, con la expresión y el lenguaje que le confiere su experiencia.Si por una parte quise traer a luz el problema de la soledad y el desamparo así como las añoranzas, no es menos cierto que, a través del viejo pegado a su tierra, aparece la necesidad de no olvidar sus palabras vivas, fuertes unas, tiernas las demás. Y sobre todo su pensamiento, la gavilla que a lo largo de los años toda persona lleva consigo.
Para mí era importante que nada de lo que aquí se relata fuese falso, y a través del protagonista hallé la coherencia y continuidad precisas para que la historia se desarrollase.
Me alegra haber recibido tantos elogios en esta segunda edición del libro, que acaba de salir a la luz. Elogios que han llegado por distintos caminos: de palabra y por escrito. Pero quede bien claro que no soy yo quien debe recibirlos sino la hechura de un hombre y su lenguaje ajustado que me demuestra sin ambages de qué modo la vejez, el último peldaño que hay que subir, tiene a veces más contenido que las menguadas victorias de juventud o madurez de las que a veces uno, sin reparo, se vanagloria. La vejez es tan señera, soñadora y eficaz como la de este hombre con su mirada prendida en un aparente lugar no demasiado lejano.
Como en todo escritor, poco es mío. Escribir exige aprendizaje. Aprendí de las gentes sus empeños y añoranzas así como la profundidad de sus raíces. Y también el lenguaje. Cuando me dicen que nuestros abuelos hablaban mal, yo me rebelo. Es mentira. Hablaban muy bien. Conocían el nombre de los objetos y manejaban con frases vivas los sentimientos. Es probable que hayamos oído de ellos vulgarismos tales como dijo por dijeron , vinon por vinieron, anantes o endenantes por antes. Si esto sucede es por la precaria preparación escolar que recibieron. Pero eran ricos de expresión, agudos e irónicos. Tal si esto lo hubiesen heredado. Una alhaja dicha herencia que se ha perdido con las escasas dos mil palabras que a veces utilizamos para comunicarnos.
Hay mucho de nuevo en lo que los viejos nos dicen. Hay en ellos una filosofía sin lenguaje filosófico de la que yo, al oírlos hablar, me maravillo. Viejos como Remigio, de mi novela, no son una casualidad: son personas que lucharon por su identidad. ¿Qué más se les puede pedir? ¿Que se dejen arrancar las raíces por cuatro desaprensivos o simples y abandonen los anhelos de su existencia como si fueran peleles?
Recibiré con mucho agrado sus correos. Escribo para ser leído, y los puntos de vista de cada lector conforman mucho los modos de un libro, que no es más que el principio de una comunicación. Y las críticas son necesarias. Pues en cualquier labor hay luces y sombras.
Gracias a todos.
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